lunes, 9 de marzo de 2009

Una casa en orden. MÉXICO DEBE SALIR ADELANTE

Hace unos días trataba de explicar los problemas de los moradores de una casa para mantenerla a flote, es decir, para que a pesar de lo caro que estén las cosas, uno alcance con los ingresos para vivir en paz.

Tal vez no sea yo el más indicado para hacerlo, pues a lo largo de mi vida me he visto sujeto muchas veces, a las condiciones que imponen los banqueros, esos seres que cuando hace sol te prestan un paraguas y en cuanto se nubla, te lo exigen de vuelta.

También hace mucho escuché decir que si debo un peso, el problema es mío; si debo más de lo que tengo y no puedo pagar, el problema es de quien me prestó. Existe una corresponsabilidad en la culpa que en modo alguno podemos soslayar.

Traté de explicarlo pero creo que no supe hacerlo. Por eso, hoy aquí y ante Usted, querido lector, que sé que es benevolente conmigo, voy a intentarlo.

Una casa, una empresa, una ciudad, un país, en el fondo, son lo mismo para administrarlos: tan sólo que ganes más de lo que necesitas y ¡listo!

¿Pero en los casos en que no es tan fácil? No todos podemos decir como San Francisco de Asís que declaraba: -Yo necesito pocas cosas y las pocas cosas que necesito, las necesito poco-.

Nosotros, en cambio, necesitamos nada más todo. Que si un nuevo teléfono celular, digo, para enriquecer aún más al hombre más rico del mundo; que si una nueva computadora, para ayudarle al pobrecito que va en segundo lugar; un auto de esos que te dejan estrellitas por todas partes, aún cuando sólo sea de tres puntas; ropa de diseñador, no importa que al diseñador le de asco el que la usa; tarjetas de crédito, de las que por sólo usarlas tienes derecho a la felicidad eterna, que si bien antes fue de ideas modernas, ahora se ha tornado en lo más retrógrada que pueda existir, con colores a los que les he sido fiel desde 1991, obvio, cruzando el “error de diciembre” y que de repente me cambian de formato, de colores, de nacionalidad y de forma de trato; en suma, necesitamos todo lo que demuestre que la máxima cartesiana por excelencia, “Pienso, luego, existo”, se debe cambiar y adecuar a los nuevos tiempos: “Compro y debo, luego, existo”.

De entre todos los bancos y banqueros, plaga ya estudiada por mucha gente, destaca la voracidad y falta de respeto de los que vienen a “hacer la América” y sin conocer ni la idiosincrasia de nuestro pueblo, sin saber de nuestras necesidades, sin tener conciencia de la función maravillosa que podrían hacer los bancos, sólo van en pos del dinero y con métodos reprobables en cualquier país del mundo, acosan con múltiples medios sin dar la cara, pues llaman para avisar que “ya va a vencer su pago” a deshoras, intimidando a menores, con técnicas que parecen sacadas del terrorismo que los tiene asolados y aún así, pretenden decir que son mejores que Don Manuel.

Lo que vengo a contarle es sólo un ejercicio que espero me ayude Usted, con su paciencia, a demostrar.

Imagine una casa, en la que trabajan el papá y la mamá, los hijos, suponga tres, van creciendo y necesitan todo.

No hay para servidumbre, van a escuela de gobierno, no existe carro, no se gasta en lujos.

Las tardes son de tareas y conversaciones en casa, pues la televisión apenas y si recibe señal abierta.

De repente, los hijos crecen, el padre tiene un segundo empleo, la madre progresa y ahora ya gana bastante bien y los hijos empiezan a ganar dinero.

De ser un sueldo, medio raquítico, con una entrada auxiliar, pobre, de repente ya son tres buenos sueldos, y aparte, dos o tres entradas adicionales.

Alcanza para agrandar la casa o para comprar una propia, dos carritos, con todo lo que ello implica, se pagan impuestos, ya son sujetos de créditos y las tiendas se pelean sus deudas, en suma, se empiezan a integrar a la modernidad, dirían los que según saben de esto. Se obtienen hipotecas y las modernas formas de financiamiento, que por cierto, no todas son moralmente correctas ni éticas y por supuesto, se apartan de lo que se estima un recto proceder.

Cuando eran los tiempos de esfuerzo, la mamá y los hijos tendían las camas, lavaban los platos y cortaban el jardín. Ahora, tenemos servidumbre, chofer, jardinero y algunos otros ayudantes.

Es decir, se contrata una “outsourcing” o una gente de afuera, que soluciona nuestros problemas, para que realice hasta los más insignificantes trabajos.

Es de considerar que del sueldo del papá alcanzaba para todos, poco, pero bien repartido. Si el hijo quería mochila nueva, cortaba el jardín.

Que la mamá necesitaba zapatos o vestidos o esas cosas que compran las mujeres, ella era la encargada de que del gasto alcanzara, sin que nadie supiera cómo le hacía. Pero le alcanzaba. Lo que se ganaba en casa se quedaba en casa, para los de casa y punto. Alcanzaba para todos.

Eso, en una casa. Si lo trasladamos a un país, suponga que los ingresos son los impuestos y los gastos son la infraestructura. Antes, se construían hospitales, carreteras, escuelas y en suma, todo lo necesario. Ahora, se gasta en pagar la servidumbre externa.

Sin embargo, ahora que los hijos crecieron y llevan dinero a la casa, como si fueran los ingresos de los migrantes que ya no viven aquí pero que mandan más de veinticinco mil millones de dólares al año, resulta que le pagamos a empresas que hacen todo pues nosotros ya no queremos gastar en darle a los hijos y por ende, tenemos “outsourcings” que nos resuelven todo.

Pero como el hijo que cuando se ve en problemas regresa a la casa, a que sus padres lo cuiden, lo que por cierto siempre será una bendición, así el país recibe a sus migrantes, ya explotados, sin fuerzas y sin dinero, pero que vienen a morir en su casa, que es nuestro México.

El problema es que por darles todo y pensar que pagándole a los de fuera de casa para que hicieran nuestro trabajo, dejamos que se fuera nuestro dinero, así el país se ve en problemas pues está pagando por no usar los esfuerzos de sus hijos, tanto en tecnología, pues es sabido que aquí se educan, unos cuantos, pero aquí se educan, al amparo y cobijo del gobierno, mediante becas y apoyos y cuando ya tienen una gran capacidad, viene una empresa extranjera y se los lleva, así el gobierno debe pagar por usar las formas y métodos de gente de afuera, léase tecnología, para tratar de resolver nuestros problemas.

También, se llevan a nuestra principal riqueza, nuestra gente trabajadora, para devolverla cuando ya no produce y sólo para que aquí los cuidemos, vía seguridad social que aquí no generaron, en términos de los esquemas actuales.

Por eso, tanto para tener la casa en orden como para que el país vaya en los derroteros correctos, lo urgente es adecuar las cosas para que sean nuestras las formas de ganar dinero, que las ganancias, tanto de los sueldos de los padres y de los hijos como los ingresos por impuestos y otros motivos, se inviertan en que exista una mejor y mayor producción en nuestra casa común, México, debiendo sobrarnos para invertir en otros lares.

Los que juegan en la casa, los hijos y padres, se dividen los esfuerzos y en consecuencia, se dividen también los ingresos. El papá y la mamá apoyan a todos y cada uno va sacando su propia vida adelante.

Así debería ser en un país.

Que los industriales, los agricultores, los comerciantes, los trabajadores, los estudiantes y maestros, se dividieran entre todos los esfuerzos, cargando cada uno con la parte que les debe corresponder de la responsabilidad social y que en consecuencia, la figura creada entre todos, el gobierno, que es para servirlos a todos, velara y se encargara de los asuntos que le son más sentidos a la sociedad: la seguridad, en todos y cada una de sus expresiones.

La seguridad pública, la seguridad social, la seguridad jurídica, la seguridad de que la vida que llevas tiene un valor para los demás, no que sea una mercancía de bajo costo o peor aún, que tu esfuerzo sea menospreciado y tus ilusiones destruidas, sólo por no pensar como los demás pretenden.

No podemos decir que la casa está en orden cuando tenemos el jardín muy limpio, la sala reluciente y el cuarto de juegos equipado con lo más moderno de tecnología, si apenas entramos a la cocina y nos damos cuenta que usamos el mismo fogón de hace más de un siglo, las camas son de antes de la revolución y los servicios sanitarios son “de pozo”, aún cuando existan jóvenes que en su vida hayan escuchado mencionarlos.

Saber que alguna vez hubo ese tipo de servicios, es necesario, pero sólo como referente, no para seguirlos usando.

Pensar que un país está en orden porque tenemos unos centros de convenciones de primera, unas playas muy equipaditas y los pueblos indígenas olvidados, las bibliotecas empolvadas y haciendo agua, mojándose los libros y con ellos, desperdiciando la cultura pues no se ponen de acuerdo si los forros de los libros han de ser de color verde o amarillo o azul, cuando lo interesante es que los niños los lean, es desperdiciar el tiempo, que por cierto es un recurso natural no renovable.

Es cuestión de que pensemos que existe una forma correcta de hacer las cosas y tratemos de hacerlas así. Que dejemos de experimentar en nuestros niños, en nuestros jóvenes y peor aún, en nuestros adultos en plenitud, pues no tendrán ya nunca otra oportunidad.

Créame, no es muy difícil ni necesitamos ser santos. Sólo no dejarnos deslumbrar por espejitos como lo hicieran nuestros ancestros y ahora pretenden repetir los descendientes del hombre barbado.

O aquellos que nos anuncian que con sólo unos cuantos pesos, tendremos la casa más limpia del mundo. Claro, nos van a despojar de todo.

Me gustaría conocer su opinión.

Vale la pena.

José Manuel Gómez Porchini.
Licenciado en Ciencias Jurídicas por la U.A.N.L
Maestro en Derecho Constitucional y Amparo por la U.A.T.
Miembro del Colegio de Abogados de Monterrey, A.C.
Miembro de número de la Academia Mexicana de Derecho del Trabajo y de la Previsión Social.
Catedrático en Posgrado en las Universidades Autónomas de Tamaulipas y Guerrero. A nivel licenciatura en la Universidad Metropolitana de Monterrey.


Comentarios: jmgomezporchini@gmail.com

CUANDO CREIAS QUE YO NO ESTABA VIENDO

-Los niños aprenden lo que viven... dice un bello pensamiento.
En esta misma línea está esta reflexión que una buena amiga
me compartió hace tiempo, que creo nos ayudará
a reflexionar sobre este punto.

Cuando creías que yo no estaba viendo....te vi colgar mi primer dibujo en la heladera y corrí a hacer otro.

Cuando creías que yo no estaba viendo.... te vi poner alimento en la tacita del gato y aprendí que es bueno cuidar de los animales.

Cuando creías que yo no estaba viendo.... vi lágrimas salir de tus ojos y aprendí que algunas veces las cosas duelen, pero que está bien llorar...

Cuando creías que yo no estaba viendo.... te vi hacer mi postre favorito y aprendí que las cosas pequeñas son las que hacen la vida especial.

Cuando creías que yo no estaba viendo.... te escuché hacer una oración y supe que hay un Dios al que siempre puedo acudir y aprendí a confiar en Él.

Cuando creías que yo no estaba viendo.... te sentí darme el beso de las buenas noches y me sentí amado y protegido.

Cuando creías que yo no estaba viendo.... te vi preparar un plato de comida y llevarlo a un amigo enfermo y aprendí que todos debemos cuidar unos de otros.

Cuando creías que yo no estaba viendo.... te vi dar de tu tiempo y tu dinero para ayudar a gente que no tenia nada y aprendí que los que tienen deben de ayudar a los que no tienen.

Cuando creías que yo no estaba viendo.... te vi cuidar nuestra casa y de nosotros y aprendí que debemos cuidar lo que nos ha sido dado.

Cuando creías que yo no estaba viendo.... aprendí de ti las lecciones de la vida que necesitaba: como ser una persona buena y productiva... te miré y quise decirte: Gracias por todas las cosas que vi cuando creías que yo no te estaba viendo"

De la estabilidad en el empleo y la esclavitud.

En los tiempos primeros del siglo pasado, cuando ya la seguridad social estaba establecida, empezó a correr fuerte entre las madres de las chicas casaderas, la frase, “fíjate que tenga planta y clínica”, como único requisito para aceptar a los galanes.

Lo anterior implica que cuando un pretendiente ya contaba con un trabajo estable y servicios médicos, es decir, seguridad social, ya se le podía considerar un “buen partido”.

Destaco también una frase que he visto en dos personajes de la vida pública: Jacobo Zabludowsky y la que fuera Tesorera de los Estados Unidos de Norteamérica, la mexicana Rosario Marín, quienes comentaron, al preguntárseles si provenían de familias ricas en sus infancias, contestaron, “no, pero no sabía que éramos pobres”.

Es decir, las diferencias entre ricos y pobres no estaban tan marcadas como en la actualidad, precisamente por que los satisfactores que ahora nos parecen indispensables, no existían: ni la computadora más moderna, ni la casa con acabados de superlujo, ni el mejor teléfono celular, ni el coche más ostentoso.

Luego entonces, cuando alguien conseguía un empleo en la ciudad, ya no en el campo, donde habitaba la mayoría de la población, era presagio de estabilidad y bienestar.

En el desarrollo de la vida, cambiaron los moldes y estructuras de lo que significa “trabajo”, ya no es requisito indispensable laborar muchos años en un solo empleo, para ser considerado un hombre estable. Ahora, por la propia especialización de los puestos de trabajo, en cuanto alguien logra una mejor capacitación, va optando por mejor sus ingresos, aún cuando ello implique mudar de puesto laboral y de compañía.

Sin embargo, por la forma en que está estructurada la seguridad social en nuestro país, Usted, querido lector, sólo podrá arribar a una jubilación, cuando cumpla el ciclo establecido por cualquiera de los 14 sistemas de seguridad social federales, los 30 de gobiernos estatales, los más de 35 de universidades públicas, los 2,500 municipales y aparte, los que establecen las compañías particulares.

Cumplir el ciclo o reunir los requisitos, significa la mayoría de las veces, que Usted deberá laborar en una sola empresa, 25, 30 o más años, para que pueda alcanzar una pensión.

Si a lo largo de su vida, Usted logra incrementar su capacidad mediante el estudio, no podrá cambiar de empleo pues ello implica cambiar de sistema de seguridad social y perderá lo que haya cotizado.

Es necesario establecer que los requisitos de la seguridad social, en cuanto a obtener una pensión o jubilación, no se encuentran en nuestra Constitución, la que sólo recoge lo relativo a la estabilidad en el empleo, no a pensiones ni a jubilaciones, las que sólo aparecen en legislación secundaria, como lo son la Ley Federal del Trabajo, los reglamentos y contratos colectivos de múltiples empresas, y, en las Leyes Orgánicas de algunos estados y ayuntamientos.

Por su parte y al respecto, la Ley Federal del Trabajo estipula:

Artículo 161. Cuando la relación de trabajo haya tenido una duración de más de veinte años, el patrón sólo podrá rescindirla por alguna de las causas señaladas en el artículo 47, que sea particularmente grave o que haga imposible su continuación, pero se le impondrá al trabajador la corrección disciplinaria que corresponda, respetando los derechos que deriven de su antigüedad. La repetición de la falta o la comisión de otra u otras, que constituyan una causa legal de rescisión, deja sin efecto la disposición anterior.

De lo anterior aparece que sólo cuando un trabajador tenga más de 20 años de servicios, la ley lo protege de un despido sin que exista una causa grave. Que bueno. Se alcanza la estabilidad en el empleo, propósito del legislador en su momento.

Sin embargo, trate de explicárselo ahora a alguien que vive al ritmo de los tiempos actuales, en los que en tiempo real, nos enteramos de lo que está sucediendo en los más recónditos rincones del mundo, cuando un año es más que suficiente para pretender un nuevo puesto, cuando la preparación nos lleva tan de prisa que en poco tiempo estamos quejándonos de lo rutinario del trabajo.

No existe en la legislación actual ni el modo ni la forma de lograr que la antigüedad generada en un sistema de seguridad social, pase a otro. Es decir, Usted puede laborar 5 años en una empresa, sujeta a un régimen de seguridad social, 10 en otra con otro distinto, otros 7 en una más, y de repente, ve que su vida laboral activa está a punto de concluir y Usted no ha acumulado la antigüedad suficiente para arribar a esa tan anhelada jubilación.

O por el contrario, que Usted haya logrado laborar los más de 20 años que según la ley son suficientes para quedar protegido. Pero comete Usted un error, suficiente para ser considerado como “grave” y entonces, a pesar de sus más de 20 años en el empleo, se queda sin él y sin su seguridad social. Tiene que ir a empezar de nuevo, en otro empleo y bajo otro régimen de seguridad social y entonces, le faltan otra vez los requisitos, que incluyen un empleo de más de 25 o 30 años.

Ergo, la estabilidad en el empleo por la que pugnaban nuestros padres y abuelos, ahora de repente se ve convertida en una moderna esclavitud de hecho, que no de derecho, pues efectivamente, eres libre para optar por el trabajo que prefieras, mas la sanción, que consiste en perder la antigüedad generada, se convierte en una sanción desproporcionada.

Establecido el problema, ahora lo interesante es tratar de encontrar la forma de solucionarlo, que a eso debemos enfocar nuestros esfuerzos. El planteamiento del problema, para satisfacer a quienes gustan de guardar los términos que la metodología exige a los estudiosos, consiste en encontrar la forma de que la antigüedad generada en un sistema de seguridad social pueda ser llevada a otro, siempre dentro de la ley.

Reducir la seguridad social a quienes desempeñen una relación laboral formal, ha sido la constante en los sistemas de seguridad social en el mundo,

Sin embargo, imagine Usted, amable lector, que Usted pudiera ser titular, por sí y ante sí, de su propio sistema de seguridad social, garantizado por el Estado, en el que, con independencia de que sostenga una relación laboral formal, tendría Usted la posibilidad de acceder a una pensión, por el sólo hecho, maravilloso por cierto, de ser mexicano.

Imagine Usted, que contando con su propia cuenta para seguridad social, Usted pudiera separarse de uno o varios trabajos, sin perder lo acumulado, laborar por su cuenta y generar su propia antigüedad, aún más, no laborar, mas sí participar de la sociedad, consumiendo y entonces, también generaría su propia pensión.

Imagínelo.

Yo lo imaginé, lo desarrollé y lo he venido proponiendo ante Diputados y Senadores. Además, lo he comentado con Usted.

Me gustaría conocer su opinión.

Vale la pena.

José Manuel Gómez Porchini.
Licenciado en Ciencias Jurídicas por la U.A.N.L
Diplomado en Informática. Administración e Informática. Cd. Victoria, Tam.
Maestro en Derecho Constitucional y Amparo por la U.A.T.
Miembro de número de la Academia Mexicana de Derecho del Trabajo y de la Previsión Social.

Comentarios: jmgomezporchini@gmail.com